188. El tercer cuerpo.
No hay nada más peligroso que un deseo disfrazado de capricho, y lo entiendo cuando lo escucho decirlo con esa sonrisa cruel que no admite réplica, como si mi voluntad fuera un juguete en sus manos, y yo la pieza más dócil de un tablero que en realidad domino en silencio. Él me mira, sentado en la penumbra de su cámara, con el vino en la copa y la impaciencia dibujada en la curva de sus labios, y pronuncia su sentencia como si fuera un regalo:
—Hoy no bastará tu cuerpo, Névara. Quiero verte ard