188. El tercer cuerpo.

No hay nada más peligroso que un deseo disfrazado de capricho, y lo entiendo cuando lo escucho decirlo con esa sonrisa cruel que no admite réplica, como si mi voluntad fuera un juguete en sus manos, y yo la pieza más dócil de un tablero que en realidad domino en silencio. Él me mira, sentado en la penumbra de su cámara, con el vino en la copa y la impaciencia dibujada en la curva de sus labios, y pronuncia su sentencia como si fuera un regalo:

—Hoy no bastará tu cuerpo, Névara. Quiero verte arder con ella también.

Su dedo señala hacia la sombra que se desprende de la cortina, y de allí surge la figura que conozco demasiado bien: la cortesana rival, envuelta en sedas que huelen a ambición, con los labios pintados del rojo más desafiante y los ojos cargados de esa insolencia que intenta competir con la mía. Sus pasos resuenan suaves sobre la alfombra, cada uno medido, cada uno destinado a recordarme que ella también ha sido escogida, que su piel ha sido deseada.

Yo sonrío. No con dulzur
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