186. Estás demasiado callada esta noche, Névara.
La música se desliza como un murmullo grave entre las paredes iluminadas por antorchas y candelabros, las copas tintinean como ecos de secretos que nadie confiesa en voz alta y las risas de los cortesanos suenan tan huecas que me parece escuchar el crujido de un cristal a punto de romperse, y allí, en medio de todo ese teatro de máscaras brillantes y sonrisas calculadas, estoy yo, con una copa en la mano y con otra servida frente a él, mi conspirador, mi verdugo, mi amante, y mientras lo miro b