Los días siguientes se llenaron de una calma que nunca creí posible después de semanas de ansiedad. Cada gesto de Matías estaba lleno de atención y ternura. Me enseñaba con su manera de mirar que todo estaba bien, que podíamos reconstruir lo que la distancia y la incertidumbre habían puesto a prueba.
Salimos a caminar como solíamos hacerlo en los parques de mi adolescencia. Cada paso que daba junto a él era un recordatorio de que estábamos juntos, de que nuestras manos unidas eran la prueba más