El silencio era tan pesado que me dolía en los huesos.
Me había quedado encerrada en mi cuarto, con el celular en la mano, sin atreverme a abrir otra aplicación, sin atreverme a volver a mirar esa noticia que recorría las redes como un incendio fuera de control.
Sentía un nudo en el estómago, una presión insoportable en el pecho. Las lágrimas no dejaban de caer, calientes, rebeldes, sin que yo pudiera detenerlas. Y lo peor era la soledad: Rosa no estaba, la casa era un sepulcro vacío, y yo me h