Soledad

Aimunan

El bip bip del monitor era un pulso ajeno. Me recordaba que mi cuerpo estaba reparándose, pero mi alma estaba dividida. Me dolía el vientre, pero me dolía más el nudo de rabia y decepción que me había dejado Alex. No por la pérdida —eso era un dolor compartido—, sino por la mentira y la subestimación.

​Me había dejado una orden: "Yo me encargo del resto." Y con esa orden, había desechado todo mi mundo, toda mi fe.

​Él dudó de mi mundo. De la medicina que él mismo había visto actu
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