El hospital olía a desinfectante y a miedo. Cassandra sostenía la mano de Emma mientras la enfermera tomaba sus signos vitales. La fiebre había subido a 39 grados durante la noche, y aunque el médico de guardia había dicho que probablemente era solo un virus estacional, el pánico maternal de Cassandra no entendía de probabilidades.
—Mamá, estoy bien —murmuró Emma con voz débil desde la camilla, su rostro pálido contrastando con el rubor febril de sus mejillas—. Solo tengo sueño.
Cassandra le ac