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El amanecer se colaba por las cortinas entreabertas cuando Cassandra despertó. La habitación estaba en silencio, solo interrumpido por el suave tic-tac del reloj de pared y el murmullo lejano de los pájaros. Extendió la mano hacia el otro lado de la cama, encontrándola vacía pero aún tibia. Thomas había estado allí.

Fue entonces cuando vio el papel doblado sobre la almohada. Lo tomó con dedos temblorosos, reconociendo la caligrafía firme y alargada que tantas veces había leído en cartas de amor
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