Desperté abruptamente, el sudor frío pegado a mi piel, el sonido de un golpe seco resonando en la casa como un puñal. Abrí los ojos en la penumbra, los sentidos en alerta máxima. Algo estaba mal.
Unos pasos firmes me hicieron girar la cabeza. Mikhail, mi escolta, no estaba a mi lado.
Me incorporé de un salto, el corazón como tambor de guerra.
—¿Mikhail? —llamé, con la voz apenas un susurro.
La respuesta fue un silencio sepulcral.
Me levanté tambaleándome hasta la puerta. La casa estaba sellada,