El disparo cortó el aire como una sentencia.
Ni siquiera grité. Solo me quedé paralizada en mitad del pasillo, con el eco del estruendo rebotando en las paredes, mientras todo dentro de mí se congelaba y ardía al mismo tiempo. Los cuadros temblaron. Las lámparas crujieron. El silencio que le siguió fue peor que el sonido mismo. Porque ese silencio cargaba con la promesa de algo aún más oscuro.
Bajé corriendo las escaleras descalza, el corazón golpeando mis costillas como un tambor de guerra.
Vi