La mesa era larga. Demasiado larga. Y aún así, cada palabra que se decía parecía rebotar directo contra mi pecho.
La cena del Don no era una cena. Era un espectáculo. Una vitrina. Una farsa bien servida en platos de porcelana blanca con bordes dorados. Los cubiertos de plata tintineaban con una sincronía que me enfermaba. Todos reían, brindaban, hacían comentarios en ruso que yo no entendía del todo, pero no necesitaba traducción. Yo era la extraña. La nota discordante en una sinfonía ensayada d