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El jardín ya no parecía un lugar seguro.

No después del último ataque. No después de ver cómo los hombres de Viktor se desplegaban por toda la propiedad con armas bajo el abrigo y ojos demasiado entrenados para un simple baile de sociedad. Y aunque la mansión seguía oliendo a rosas blancas, ahora también olía a pólvora y a miedo.

—¿Desde cuándo un jardín necesita francotiradores? —murmuré para mí, acariciando con los dedos la hoja de una peonía. El tacto era suave… demasiado suave para el tembl
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