La Gema del Destino
...Ariadna levantó la mano temblorosa y la posó... sobre su vientre.
Elías no se movió. Su rostro, bañado por la luz mortecina, era una máscara de granito. El pánico que un momento antes había desgarrado su voz se congeló, dejando solo una quietud aterradora. Ariadna se sintió hundir. Ese silencio no era la furia del Alfa, sino la fría y calculadora negación de una bestia acorralada. ¿Estaba a punto de rechazarla a ella y al destino que cargaba?
Pero entonces, el Alfa explo