La Custodia del Zorro
El golpe seco de la puerta al cerrarse no extinguió la tensión. Simplemente la concentró en el pequeño espacio de la cabaña. Ariadna se quedó paralizada en el umbral, el cuchillo cayendo al suelo de madera con un tintineo que selló el fin de su idilio.
La confusión que había sentido al ver a Elías dando órdenes a Lyra y Kiam se transformó en una punzada helada de profunda decepción. No estaba asustada; estaba furiosa.
—Me creaste un paraíso, Elías —dijo Ariadna, su voz baj