Emboscada
Ariadna no sintió el cansancio en la caminata de regreso. El peso del pasado que Malva había arrojado sobre ella —la condena del amor, la profecía del Gran Mal— había reescrito su realidad. El terror era el combustible que la impulsaba a correr.
Al despuntar del sol, el paisaje gris y ceniciento dio paso a los sombríos árboles del Bosque Susurrante. Vio la figura de Elías de inmediato. Estaba arrodillado justo en el borde del Límite de Ceniza, su cabeza gacha. La agonía de la espera l