El Guardián Impuesto
El frío de la madrugada se había infiltrado en la cabaña. El fuego que Elías había dejado encendido para el día siguiente luchaba por mantenerse vivo en la chimenea. El silencio, ahora que la puerta se había cerrado por segunda vez, no era pacífico; era una cámara de tortura.
Ariadna no se había movido de su sitio. Seguía en el centro de la sala, su cuerpo rígido, la rabia una caldera a punto de estallar. A un lado, junto a la mesa donde solían cenar como una familia feliz,