La mansión del patriarca estaba envuelta en un silencio denso, casi sofocante. No era el silencio de la calma… era el de la espera. El de algo que estaba a punto de romperse.
En el centro de la sala principal, el patriarca permanecía sentado en su sillón de cuero oscuro, con la espalda recta, aunque el cansancio se marcaba en cada línea de su rostro. Su bastón reposaba a su lado, pero su mano no se apartaba de él, como si fuera la única cosa que aún lo mantenía en pie.
La puerta se abrió con su