Santino no había conciliado el sueño en toda la noche. No era algo que le incomodara hacía años que el descanso había dejado de ser una necesidad constante en su vida, pero aquella vez había algo distinto. No era solo la guerra con Marcello, ni las nuevas reglas del patriarca. Era esa sensación incómoda, casi desconocida, que se le instalaba en el pecho cada vez que pensaba en Victoria.
Se levantó sin prisas, como si el tiempo le perteneciera. Entró al baño, se dio una ducha rápida, dejando que