El trayecto de Mateo fue silencioso, pero cargado de una urgencia que le oprimía el pecho.
Había cumplido.
Había entregado la carta tal como el patriarca se lo había ordenado, sin hacer preguntas, sin detenerse. Pero algo no le cuadraba. Algo en la voz del patriarca antes de salir… algo en su mirada… le había dejado una sensación incómoda.
Y esa sensación fue la que lo hizo regresar.
Cuando cruzó nuevamente las puertas de la mansión, el ambiente era distinto.
Demasiado quieto.
Demasiado vacío.