El amanecer se filtró entre las cortinas gruesas de la habitación de Santino. La noche anterior había sido un infierno de dolor y silencio. El vendaje en su brazo derecho seguía fresco, apretado, recordándole cada segundo que había sobrevivido por poco al atentado. Pero su orgullo no conocía la palabra descanso.
Apenas el reloj marcó las ocho, Santino se incorporó con esa calma gélida que lo distinguía de todos los demás.
Caminó hacia el enorme armario de roble y, como si se preparara para una