Dicho eso, dio un paso hacia la puerta, y con un movimiento de la mano, ordenó que las luces exteriores de la mansión se encendieran todas a la vez.
El jardín quedó iluminado por completo, y desde los ventanales, Marcello y sus hombres pudieron ver la figura imponente de Santino detrás del portón, de pie, fumando con serenidad.
Llevaba su traje negro impecable, gafas oscuras y un aire de desafío que provocaba más miedo que cualquier arma.
—¡Marcello! —gritó desde la entrada—. Deberías aprender