Santino se giró lentamente, con el puro a medio encender, y vio la cara de terror de Victoria. Sus ojos grandes, húmedos, temblorosos eran el reflejo exacto de la tormenta que se aproximaba.
Sin mediar palabra, la tomó del brazo con fuerza. Sus dedos se cerraron como grilletes de hierro alrededor de su piel delicada. Ella soltó un jadeo, tratando de apartarse, pero él la atrajo hacia su costado.
—No te muevas —susurró con voz baja, áspera—. Si lo haces… una bala atravesará tu cabeza antes de qu