Santino apretó la mandíbula hasta que una marea de dolor recorrió su rostro; la mano le tembló por un instante y se llevó la palma a la mejilla como si intentara borrar la sensación de la cachetada.
Aún percibía el calor del golpe, la huella invisible que Victoria había dejado en su piel, y en ese brillo irritado que cruzó sus ojos había una mezcla rara de sorpresa, orgullo herido y una furia que no quería domar.
La veía alejarse por el corredor, con la espalda recta y los puños apretados; ca