Mientras tanto a kilómetros de ahí en la mansión de Santino. Santino se incorporó con un gesto brusco, apretando los dientes mientras el médico le ajustaba las vendas en el brazo. El olor a desinfectante llenaba la habitación, pero ni siquiera la punzada ardiente de la herida lograba aplacar el fuego de su ira. Había jurado que nadie se atrevería a desafiarlo en su propio terreno, y sin embargo, Marcello lo había hecho.
Con un manotazo apartó el frasco de alcohol que el médico intentaba ofrecer