Santino caminó con paso firme por el largo corredor de mármol de la mansión del patriarca, el eco de sus zapatos resonando entre los pilares.
El sol, a medio hundirse tras las colinas, teñía de oro viejo la fachada del edificio. Su silueta alta y elegante proyectaba una sombra alargada sobre el suelo, mientras el viento agitaba su abrigo negro. Detrás de él, Stefano lo seguía con su andar silencioso, las manos cruzadas al frente, como si acompañara a un rey que acababa de salir de su trono desp