La noche había caído sigilosamente Stefano descendió del vehículo con el arma ya en la mano, el cañón reluciendo bajo la luz. No necesitó que nadie le dijera nada: el silencio que provenía de la casa hablaba por sí solo. La puerta estaba entreabierta, balanceándose apenas con el viento, y el marco mostraba un leve rastro de sangre seca.
—Quédense alertas —ordenó sin mirar a los hombres que lo acompañaban.
Su voz fue un murmullo ronc9. El eco de sus botas se perdió en el suelo polvoriento. Empuj