Ardiendo

Santino retrocedió un paso.

Solo uno.

Pero su mirada… no se movió.

Sus ojos permanecieron clavados en Victoria, recorriéndola sin disimulo, deteniéndose un segundo más de lo debido en la tela empapada que ahora se adhería a su cuerpo, sus pechos firmes y redondos estaban mojados y sus pezones, estaban más erguidos

El silencio entre ambos se volvió espeso.

—Lo siento… —dijo ella, bajando ligeramente la mirada.

Santino arqueó una ceja.

Cerró los ojos un instante, como si intentara recomponerse,
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