Pero no, el mareo no fue un asunto pasajero.
—Mi niña, tómate este caldo para que se te pase la indigestión —la mujer mayor sirvió un tazón humeante que, en otro tiempo, le hubiera abierto el apetito al instante, pero justo ahora solo le hizo sentir una oleada de asco.
—No puedo, Nana. Es que… —de repente, se tapó la boca con la mano y corrió al baño tratando de contener una arcada. Aquella era la tercera vez que vomitaba en lo que iba de día.
Y mientras vaciaba el escaso contenido de su estó