Pero no, el mareo no fue un asunto pasajero.
—Mi niña, tómate este caldo para que se te pase la indigestión —la mujer mayor sirvió un tazón humeante que, en otro tiempo, le hubiera abierto el apetito al instante, pero justo ahora solo le hizo sentir una oleada de asco.
—No puedo, Nana. Es que… —de repente, se tapó la boca con la mano y corrió al baño tratando de contener una arcada. Aquella era la tercera vez que vomitaba en lo que iba de día.
Y mientras vaciaba el escaso contenido de su estómago en el retrete, percibió la sombra de Jacinta en el piso del baño.
—Esto ya no me parece una indigestión —murmuró la mujer mayor, pensativa.
—¿Entonces qué crees que sea, Nana? —la miró—. ¿Un virus? ¿Algo por el cambio de clima?
—No, nada de eso —negó con lentitud—. Lo que tú tienes se te quitará en nueve meses.
—¿Qué? —frunció el ceño, sin captar el aparente chiste.
—Digo que estás embarazada, Rubí —completó con sabiduría.
Parpadeó repetidamente antes de soltar una estruendosa carcaja