Había pasado exactamente un mes hasta el momento en que el médico le quitó la férula.
Lo primero que hizo luego de quitársela fue mover el tobillo en círculos, volviendo a sentirse ella misma.
También sintió que era hora de agradecer.
Así que pasó toda la tarde anterior en la cocina de la casa de Rubí, con las manos llenas de harina y el corazón latiéndole fuerte por el miedo de que esto no le gustara a la persona que lo recibiría.
Preparó lo único que sabía hacer de verdad: comida de su pueblo. La comida que su abuela le había enseñado a preparar con tanto cariño.
Se trataba de: Gorditas de maíz quebrado rellenas de chicharrón prensado bien crujientes. Frijoles maneados con queso fresco de rancho que había pedido especialmente para esta receta. La salsa era de molcajeteada con chile de árbol que picaba rico. Además lo había acompañado con un pedacito de queso cotija y unas tortillas de harina que había hecho a mano y que todavía olían a comal. Y de postre, la especialidad de la