Pretendían continuar con sus vidas en el rancho como de costumbre.
Sin embargo, no contaban con que su tío Ignacio aparecería un día con un documento de propiedad en la mano. Al no existir un testamento, él, como único hijo —ya que su madre estaba muerta—, reclamaba la casa como suya.
El documento era completamente legal y estaba firmado por un tribunal, dándole todo el derecho de desalojarlos, lo cual fue lo que hizo sin la menor de las contemplaciones ante los años que había vivido en el luga