Pretendían continuar con sus vidas en el rancho como de costumbre.
Sin embargo, no contaban con que su tío Ignacio aparecería un día con un documento de propiedad en la mano. Al no existir un testamento, él, como único hijo —ya que su madre estaba muerta—, reclamaba la casa como suya.
El documento era completamente legal y estaba firmado por un tribunal, dándole todo el derecho de desalojarlos, lo cual fue lo que hizo sin la menor de las contemplaciones ante los años que había vivido en el lugar.
Y así fue como terminaron en la calle, sin un peso y sin la posibilidad de regresar al sitio donde crecieron y donde vivieron los años más felices de sus vidas.
Se sentían devastados.
No habían estudiado y solo se habían dedicado a la vida de campo, así que no sabían qué hacer, a quién recurrir.
Pero de repente su mente se iluminó ante el recuerdo de Rubí. Sabía que ella los recibiría de brazos abiertos. Aunque nunca se habían imaginado trabajando en esa enorme empresa, justo ahora parecía se