—¿México? —apretó los dientes, intentando contener la frustración—. ¿Eso es todo lo que tienen? ¿Una maldita suposición?
—Fue imposible seguirla, señor Dietrich —dijo uno de los tres hombres a los que había delegado la labor de encontrarla—. Cuando nos asignó esta tarea, ella ya había salido del país. Retiró efectivo y compró el pasaje. Fue cuidadosa en no dejar rastros electrónicos. Solo pudimos rastrear el movimiento bancario y la compra del boleto, y… sí, el destino fue México. Pero el país es enorme como para dar con ella en tan poco tiempo.
—¿Y ustedes qué son, entonces? ¿Turistas perdidos? —gruñó, incorporándose bruscamente en la cama.
—Señor, por favor —la voz asustada de Ana le llegó al oído junto a unas manos que buscaban detenerlo—. La herida aún no ha cicatrizado bien. No puede levantarse así.
¡¿Que no podía?!
Al diablo con eso. Solo le importaba encontrar a Rubí.
—¡Estoy harto de excusas! ¡Encuéntrenla! ¡No me importa cómo, pero háganlo!
Cuando los hombres no