Eran más de las diez de la noche cuando su hermano tocó a su puerta de forma inesperada.
—¿Quién es? —preguntó, pero la respuesta que recibió fue la presencia del muchacho, quien entró cruzado de brazos con una expresión de preocupación en el rostro. Y algo le decía que esto no se trataba de su lesión.
—Laurita, tenemos que hablar —dijo, serio. Se veía agitado, como si estuviera teniendo serias dificultades para conciliar el sueño.
—¿Qué pasa, José? —se hizo la desentendida, aunque ya tenía una