Llegaron a la enfermería de la empresa —una pequeña habitación donde trataban asuntos menores. Posiblemente dolores de cabezas y cosas similares—, donde fue depositada con sumo cuidado sobre una camilla.
Sus ojos miraron al piso con insistencia, mientras el hombre se alejaba un par de pasos para poder observarla.
—¿Cómo te sientes? —le preguntó con suave.
—Bien —murmuró una respuesta en medio de un quejido de dolor.
Una chica joven con un uniforme blanco de enfermera se acercó al instante para atender su lesión.
Palpó su tobillo con delicadeza antes de fruncir el ceño con preocupación.
—Se está hinchando muy rápido. No soy médico, pero esto no me gusta —comentó—. Hay que llevarte al hospital ahora mismo para que te hagan una placa y descarten fractura o luxación.
—Yo la llevo. Mi auto está abajo —se ofreció el hombre de inmediato.
—No es necesario… —abrió la boca para protestar, pero el dolor le dio un latigazo que la hizo asentir aun sin quererlo.
Entonces el proceso se repitió: los