Una semana después, regresó al trabajo con muletas y una bota ortopédica que le llegaba casi a la rodilla. Caminar con eso era una completa odisea, pero tuvo una semana entera en casa de Rubí para practicar. La pequeña Esperanza incluso le había hecho un bonito dibujo en la bota, que ahora portaba con total orgullo.
No podía cargar cajas ni correr de un lado a otro —cosa que solía hacer—, así que la pusieron en la sala de archivo, la cual era una oficina pequeña llena de estanterías y el olor a papel viejo. Tenía que apretarse un pañuelo en la nariz porque el olor del polvo ya la había hecho estornudar varias veces. Sin embargo, no iba a quejarse. Necesitaba sentirse útil.
Así que se sentó y comenzó a clasificar las carpetas con calma, cuando la puerta se abrió sin previo aviso.
Sus manos se detuvieron sobre el archivo con un ligero temblor.
Era Guillermo.
El mismo Guillermo que la había ayudado, el mismo que no veía desde el incidente.
El hombre llevaba una mano detrás de la espa