El amanecer no tenía la solemnidad de un renacimiento; no era un gesto poético de la vida sobre la muerte. Era simplemente luz, imparcial, sin aprobación ni juicio, filtrándose a través de las persianas medio cerradas de nuestro refugio temporal. Me quedé en la cama un instante más, dejando que esa claridad grisácea atravesara mis párpados, obligándome a enfrentarme a la habitación tal como era: silenciosa, neutral, sin adornos, sin esperanzas, sin amenazas explícitas. Cada rayo que se colaba e