No hubo una señal clara, ningún gesto que pudiera señalarse como el inicio exacto, porque cuando ocurre una colisión real no empieza en el momento del impacto sino mucho antes, en cada microtensión acumulada, en cada mirada desviada, en cada palabra contenida o liberada en exceso, y mientras permanecíamos en ese punto intermedio entre ambos grupos, con el aire frío tensando la piel y el murmullo del campus fragmentándose en capas cada vez más disonantes, supe con una certeza que no necesitaba c