No fue una ruptura visible, no hubo una palabra exacta que marcara el inicio ni un gesto que pudiera señalarse como el momento en que dejamos de estar alineados, fue algo más sutil y al mismo tiempo más irreversible, una desviación mínima en la dirección de nuestros pensamientos que, al no corregirse, empezó a ampliarse con cada paso que dábamos, con cada silencio que ya no encajaba del todo, con cada mirada que no terminaba de encontrarse en el mismo lugar, y mientras el campus seguía desplega