El silencio que siguió a la retirada de Dante Vance dejó el jardín interior sumido en una tensa calma. Elara se arrodilló sobre el césped húmedo, ignorando cómo la tierra manchaba sus jeans sencillos, y estrechó a los gemelos contra su pecho. Sintió el temblor errático en los hombros de Amara y la rigidez defensiva en el cuerpo de Mateo. La confrontación con ese clon desalmado de su esposo los estaba desgastando a un ritmo alarmante.
—Ya pasó, mis amores. Ya está —susurró Elara, besando las c