La luz de la mañana se filtró por los enormes ventanales con una claridad implacable, iluminando el comedor principal. Sobre la mesa de mármol pulido se desplegaba un desayuno digno de la realeza: frutas exóticas cortadas con precisión, repostería fina, jugos naturales y café humeante. Un banquete silencioso que nadie pretendía tocar.
Dante Vance estaba sentado a la cabecera, con la espalda erguida, vistiendo una camisa negra de sastre con las mangas sutilmente remangadas hasta los antebraz