El sabor de la medicina de Keller era amargo, metálico. Se le pegó a los labios en un beso feroz que no tuvo nada de limpio.
Dante la sujetó contra su pecho hirviente con una fuerza bruta, aplastándola, mientras la fiebre le subía por el cuello en oleadas espesas. Le estallaba el pulso. Las luces estaban apagadas. El servicio se había retirado hacía horas. Estaban completamente solos.
Dante soltó un gruñido ronco contra su boca. Tenía los ojos inyectados en sangre y un dolor espantoso de