La atmósfera en el restaurante se volvió irrespirable. Dante se detuvo a escasos centímetros de la silla de Elara, su presencia imponiendo un silencio absoluto que se extendió por todo el salón. Sus ojos oscuros, cargados de una tormenta que amenazaba con desbordarse, se clavaron en ella con una intensidad que hizo que los cubiertos de los comensales cercanos tintinearan contra la porcelana.
Leo se puso en pie, su lenguaje corporal protector y defensivo, listo para ser el escudo de Elara, p