La cabaña parecía haber recuperado su pulso. El aire, cargado durante meses de una quietud sepulcral, vibraba ahora con el roce de sus cuerpos y el ritmo entrecortado de sus respiraciones.
Elara se aferró a las solapas de la camisa de Dante, tirando de él hacia sí con una desesperación física que rozaba el dolor. Sus labios buscaron los de él, no con la delicadeza de una reconciliación pactada, sino con la urgencia salvaje de quien rescata a un náufrago. Cada beso era un intento de borrar el