El fin de semana se extinguió bajo el cielo plomizo de la propiedad, transcurriendo como una tregua silenciosa y amarga. Fiel a su palabra de no iniciar una guerra abierta frente a los niños, Elara mantuvo a Amara y a Mateo confinados en el ala norte y en los jardines internos, construyendo una burbuja de normalidad artificial a base de cuentos, juegos y promesas susurradas de que pronto todo pasaría. Dante, por su parte, se sumergió en el trabajo, dirigiendo su imperio desde el despacho de la