La orden de la directora Carmenza era la ley absoluta en El Muro.
Carmenza no era solo una burócrata; era una institución. Alta, de rostro anguloso y severo, siempre llevaba el uniforme gris pizarra impecablemente planchado, sin una sola arruga que delatara humanidad. Era conocida por su disciplina de hierro y, más inquietantemente, por su estricto silencio sobre su vida personal y su marido, Marcos.
Su oficina, ubicada en el nivel administrativo superior, era un santuario de orden y burocracia