El eco de la confrontación en el jardín aún vibraba en la piel de Carmen cuando regresó al salón principal, escoltada por la Cobra que no dejaba de vigilar la retaguardia. La luz de las arañas de cristal le lastimaba los ojos, pero su rostro era una máscara de porcelana perfecta.
Giovanni Moretti, radiante por el éxito de la velada, se acercó a ellos con los brazos extendidos.
—¡Signora Silva! Me han dicho que el aire del jardín ha obrado milagros. No puedo permitir que se marchen así, con el c