Isabella caminaba con ligereza, guiando a Carmen entre hileras de cipreses y macizos de flores que parecían brotar con una perfección artificial. Carmen, por el contrario, sentía que sus pies pesaban como el plomo. Cada paso que daba la alejaba de la seguridad de Fernando y la hundía más en la realidad de la nueva vida de Nicolás.
—¿Qué te parece, Carmen? —preguntó Isabella, deteniéndose frente a un rosal blanco—. Mi padre dice que este es el corazón de la propiedad.
Carmen suspiró, intentando