Ambas mujeres se giraron. Nicolás estaba allí, impecable en un traje ligero, pero con la mirada cargada de una sospecha oscura. Sus ojos se clavaron en los de Carmen, y por un momento, el tiempo se suspendió en un silencio tenso que Isabella no supo descifrar. El pulso de Carmen se aceleró; estar frente a él bajo la luz del día, después de la invasión nocturna en su habitación, era una tortura sensorial.
Isabella, rompiendo el hechizo, se acercó a Nicolás y lo rodeó con sus brazos.
—¡Amor mío!