La Suite del Rey era un monumento a la opulencia italiana: techos altos con frescos renacentistas, cortinas de seda damasquinada y una cama con dosel que parecía un altar al compromiso que Carmen y Fernando acababan de sellar. Pero en cuanto la pesada puerta de roble se cerró, el aire de la habitación se volvió irrespirable.
Fernando se quitó la chaqueta del esmoquin con un movimiento brusco, lanzándola sobre una silla de terciopelo. Caminó por la estancia, sus pasos resonando en el suelo de má