La noche en la Villa Moretti no trajo el descanso, sino los fantasmas. Carmen estaba sola en la inmensa habitación, envuelta en una bata de seda blanca que parecía una armadura de cristal. Fernando aún no regresaba del jardín, y el silencio de la suite solo era interrumpido por el tictac de un reloj antiguo que marcaba los segundos como latigazos.
De repente, un crujido sordo resonó detrás de uno de los grandes tapices que adornaban la pared lateral. Carmen se puso de pie de un salto, con el co