El traslado no fue un viaje; fue un descenso.
El autobús blindado devoraba kilómetros de carretera solitaria, alejándose de la ciudad, de la mansión y de los últimos vestigios de la vida que Valentina conocía. Iba encadenada de pies y manos, rodeada de mujeres que miraban al vacío o murmuraban oraciones rotas.
Cuando el vehículo se detuvo, el silencio fue absoluto.
Valentina miró a través de la rejilla reforzada de la ventanilla. Ante ella se alzaba El Muro. No era una prisión cualquiera; era un