Mundo ficciónIniciar sesiónLa noche en que la llamaron estéril, Eva Stroll murió en público. Cinco años después, regresa convertida en Sophia Marchetti: implacable, elegante… y con un secreto que podría incendiarlo todo: dos gemelos con los mismos ojos de tormenta del hombre que jamás debió tocar. Su objetivo es claro: destruir a los McKenzie, la familia que la humilló, la expulsó como basura y la condenó a vivir rota. Pero la venganza no viene sola. Porque el edificio que necesita para ejecutar su plan ya tiene dueño… y pertenece a Valentino Rossi, el “Príncipe” del poder, el hombre más peligroso de la ciudad. Frío. Dominante. Irresistible. Valentino no solo se cruza en su camino: la acorrala, la provoca, la mira como si pudiera ver bajo su piel… y se obsesiona con sus hijos. Con cada encuentro, el deseo crece. Con cada negociación, la amenaza se vuelve real. Y cuando Margaret McKenzie la reconoce, y una foto del pasado aparece marcada en rojo, Sophia entiende la verdad: alguien ya sabe quién es. Ahora debe elegir: ¿Consumará su venganza… o caerá en la tentación del hombre que puede destruirla con una sola palabra? Porque el Príncipe no solo la desea. La quiere para siempre. Y cuando descubra la verdad, no habrá huida posible.
Leer másRegresé a la ciudad que me llamó “estéril” con el corazón blindado, un nombre nuevo y dos hijos que tenían los ojos de tormenta del hombre que jamás supo que me dejó embarazada.
Cinco años.
Habían pasado exactamente cinco años, tres meses y diecisiete días desde la última vez que pisé el Aeropuerto Internacional de esta maldita ciudad.
Aquella noche salí arrastrando una maleta rota, con el vestido de novia manchado de vino tinto y la dignidad hecha pedazos sobre el suelo del salón McKenzie.
Recordaba cada detalle con una claridad enfermiza: el frío del mármol bajo mis rodillas cuando caí, las risas de los invitados que ni siquiera intentaron disimular, la voz de Rudolph diciéndole a su madre que “al fin se libraban de la carga estéril”.
Y Margaret McKenzie, mi suegra, arrojándome una copa de merlot en la cara mientras gritaba que su hijo merecía una mujer completa, no una inútil incapaz de darle herederos.
Me sacaron a rastras por la puerta de servicio.
Como basura.
Hoy regresaba con tacones Louboutin de suela roja, sangre, un traje sastre Valentino de diez mil dólares que abrazaba cada curva de mi cuerpo reconstruido… y dos pequeños demonios tirando de mis manos.
El cabello negro me caía en ondas brillantes hasta la cintura, tan distinto del moño apretado y sin gracia que usaba cuando era “la esposa de Rudolph”.
Los hombres giraban la cabeza a mi paso; sus miradas se deslizaban por mis piernas, mi cintura, el balanceo de mis caderas bajo la tela italiana. Antes habría bajado la mirada, avergonzada. Ahora les sostenía los ojos hasta que ellos apartaban los suyos.
—Mamá, ¿por qué huele raro? —Luca arrugó la nariz. Sus ojos grises escanearon la terminal con esa curiosidad voraz que me recordaba demasiado a alguien.
—Es el olor de los aviones, cariño.
—No me gusta —sentenció Mía, su gemela, cruzándose de brazos con ese gesto dramático que había heredado de mí—. Quiero volver a Milán.
—Milán puede esperar. Mamá tiene trabajo aquí.
Trabajo.
Qué palabra tan limpia para describir lo que venía a hacer.
Venganza sonaba más honesto, pero no era vocabulario apropiado para niños de cuatro años.
Atravesamos la zona de llegadas internacionales mientras mi asistente, Carolina, coordinaba por teléfono la recogida del equipaje. Nadie me reconocería. La Eva Stroll que huyó de aquí era una mujer destruida: quince kilos más pesada por el estrés, el cabello opaco, los ojos hundidos de tanto llorar.
Cuatro cirugías reconstructivas después de un accidente en Italia, meses de rehabilitación, una nariz nueva, pómulos reconstruidos y una mandíbula esculpida. No fue vanidad: fue un camión que se saltó un semáforo en Turín.
Pero el resultado fue el mismo.
Un rostro nuevo para una vida nueva.
—¡Mamá, mira! —Luca soltó mi mano y señaló hacia la zona VIP—. ¡Es el príncipe!
El corazón se me detuvo.
—¿Qué príncipe, mi amor?
—¡El de la foto! ¡El que tiene cara de enojado!
Antes de que pudiera reaccionar, Luca echó a correr entre la multitud. Mía salió disparada detrás de él.
—¡Luca! ¡Mía! ¡Deténganse!
Corrí detrás de ellos, el corazón martilleándome las costillas, los tacones repiqueteando contra el mármol. La gente se apartaba a mi paso mientras yo solo veía las dos cabecitas oscuras zigzagueando hacia la zona ejecutiva.
Hacia él.
Porque era él.
Valentino Rossi.
El hombre que había convertido una noche de desesperación en los dos mayores tesoros de mi vida.
Estaba de pie junto a un ventanal, el teléfono en la oreja, con un traje gris oscuro que costaba más que un auto. El cabello negro peinado hacia atrás, la mandíbula tensa, los ojos grises fijos en algún punto del horizonte.
Luca llegó primero y declaró, con la autoridad de un pequeño emperador:
—Tú eres el príncipe de la foto.
Valentino bajó la mirada. Lo vi fruncir el ceño mientras sus ojos recorrían el rostro de mi hijo, y algo cruzó por su expresión… algo parecido al reconocimiento, pero sin forma definida.
—¿Perdona? —Su voz era más grave de lo que recordaba. Como whisky sobre terciopelo.
—La foto que tiene mamá —explicó Mía—. Dice que es un príncipe de un cuento, pero yo sé que los príncipes no existen. ¿Tú existes?
Entonces me vio a mí.
Llegué jadeando y me interpuse entre mis hijos y el hombre que podía destruir todo lo que había construido.
—Lo siento muchísimo —las palabras me salieron atropelladas—. Mis hijos son curiosos. No quise que lo molestaran.
Los ojos grises de Valentino se clavaron en los míos. Buscó en mi rostro algo que ya no existía.
—No hay problema. Son encantadores.
—Gracias. Disculpe la interrupción.
Tiré de los niños para alejarme, pero su voz me detuvo.
—Espere.
Me giré lentamente.
Su mirada se movió de mí a Luca, luego a Mía, como si intentara resolver un rompecabezas invisible.
—Su hijo mencionó una foto —dijo, y su voz me arrancó del recuerdo—. ¿Nos conocemos?
—No lo creo.
—Tengo muy buena memoria para los rostros.
—Quizás no tan buena como cree.
Un destello de diversión cruzó su expresión, y el hoyuelo de su mejilla izquierda apareció brevemente.
—Los niños parecen cansados. ¿Puedo ofrecerles algo en la sala VIP?
—Tenemos quien nos espera.
—Mamá —Luca tiró de mi mano—, tengo hambre.
—Yo también —añadió Mía—. Y el señor príncipe parece simpático.
Valentino sonrió. Una sonrisa completa, dirigida a mis hijos.
A sus hijos.
—Los príncipes siempre invitan a comer a los viajeros cansados —le dijo a Mía, agachándose—. Es una regla del reino.
—Tienes los ojos como yo —observó Luca—. Y como Mía. Mamá dice que son ojos de tormenta.
El aire se volvió denso.
Valentino se incorporó lentamente, sus ojos clavándose en mí con una pregunta que no formulaba.
—Ojos de tormenta… Qué descripción tan específica.
—Mi madre era poeta.
—¿Era?
—Murió hace años.
—Lo siento.
—No lo haga. No la conocía.
—Tiene razón —hizo una pausa calculada—. Igual que no la conozco a usted. Todavía.
Sacó una tarjeta de su bolsillo. Negra, letras plateadas. Me la ofreció, y cuando la tomé, sus dedos rozaron los míos deliberadamente.
Una descarga eléctrica me recorrió el brazo, tan intensa que casi solté el cartón.
Él lo notó.
Por supuesto que lo notó.
Sus ojos se oscurecieron una fracción de segundo; el gris volviéndose tormenta de verdad.
—Mi asistente —dijo, sin soltar la tarjeta del todo, nuestros dedos aún conectados—. Llámela si necesita cualquier cosa. Recomendaciones, contactos de negocios… —sus ojos se movieron hacia los gemelos— pediatras.
Retiré la mano bruscamente.
—Gracias, señor…
—Rossi. Valentino Rossi.
—Señor Rossi.
—¿Y usted es?
Eva Stroll. La estéril que humillaron. La madre de tus hijos.
—Sophia Marchetti.
—Sophia —saboreó las sílabas—. Un placer, señora Marchetti.
—Señorita.
Algo hambriento cruzó su expresión.
—Señorita Marchetti. Espero que nos volvamos a ver.
Se despidió de los niños y se alejó.
Luca levantó la cara hacia mí.
—Mamá, ese señor se parece a mí.
—Son coincidencias.
—Las coincidencias no existen. Tú me lo enseñaste.
Carolina apareció corriendo, pálida.
—Eva, tenemos un problema. El edificio que venías a comprar ya tiene dueño.
—¿Quién?
—Grupo Rossi. Lo cerró hace una hora.
Miré hacia la puerta por donde había desaparecido el padre de mis hijos.
El edificio que necesitaba para destruir a Rudolph McKenzie ahora pertenecía al único hombre que podía destruirme a mí.
Y acababa de darme su tarjeta personal.
La cita con la ginecóloga fue el miércoles por la mañana.Valentino insistió en venir.No como sugerencia. Como hecho consumado que apareció en mi agenda con su nombre al lado y una hora bloqueada en su propio calendario antes de que yo pudiera decir nada.—No tienes que——Lo sé. —Me miró—. Quiero.La ginecóloga se llamaba doctora Sanz. Cuarenta y tantos años, pelo corto y expresión de quien ha visto suficiente para no sorprenderse de nada pero que todavía tiene el tipo de calma que inspira confianza en lugar del tipo que produce indiferencia.Nos recibió con la eficiencia de las primeras visitas donde hay mucho que establecer.Historial. Antecedentes. Fecha del último período. Cálculo de la fecha probable. Recomendaciones del primer trimestre. Las preguntas que tienen respuestas sencillas y las que tienen respuestas que dependen.Valentino tomaba notas en el teléfono con una concentración que habría sido apropiada para una reunión del consejo de administración de cualquiera de sus em
El lunes siguiente a la reunión con Margaret, abrí el portátil a las ocho de la mañana con la intención de revisar los contratos de importación que llevaban dos semanas en espera por todo lo que había pasado.Los abrí.Los miré.Los cerré.Los volví a abrir.Dos horas después seguían exactamente igual y yo había bebido tres cafés sin saber exactamente cuándo ni en qué orden, porque el tiempo funciona de una manera específica cuando la mente está en otro sitio y el cuerpo está haciendo los movimientos de todos los días sin que nadie esté pilotando.Carolina llegó a las diez con los resúmenes de prensa y la expresión de quien detecta que algo no está en su lugar habitual pero decide esperar a que la otra persona lo diga en lugar de preguntarlo directamente porque algunas cosas necesitan el espacio de llegar solas.—¿Revisaste los contratos de Génova?—Los estoy revisando.Carolina miró la pantalla en blanco.No dijo nada.Se fue a su despacho.— · —El problema no era los contratos.El
Margaret me llamó el lunes.No a Valentino. No a los abogados. A mí.El número era el de su teléfono personal, que yo tenía guardado desde los meses en que había sido su nuera y ella me lo había dado con la condescendencia de quien le da acceso a algo a alguien que no lo merece pero que a veces necesita ser localizado.Vibró en mi teléfono mientras coordinaba con Carolina los últimos detalles de un contrato de importación que había estado en espera las últimas dos semanas.Lo miré.Lo dejé vibrar.Contesté en el último tono.—Señora McKenzie.—Eva. —Una pausa breve—. Necesito hablar contigo.No respondí de inmediato.—¿Sobre qué?—No por teléfono. En persona.Calculé.El tono de su voz. No el tono de los meses anteriores, el de la suegra con información explosiva en el bolso y la sonrisa preparada. Diferente. Más quieto. Del tipo de voz que tienen las personas cuando han agotado los recursos y lo que les queda es solo lo que son.—Hay una cafetería en la calle Mayor —dije—. Mañana a l
Margaret McKenzie llegó a la prisión el jueves por la tarde.No fue con el abogado. No fue con asistente ni con chofer ni con ninguno de los apoyos que durante décadas habían sido la arquitectura invisible de cada salida de casa.Llegó sola.En autobús.El autobús que paraba a dos manzanas del departamento de cuarenta metros cuadrados donde vivía desde que la mansión fue embargada y desde que Rudolph fue a la cárcel y desde que la vida que había construido ladrillo por ladrillo durante setenta años se derrumbó en el espacio de unos meses.El formulario de solicitud de visita lo había rellenado ella misma, con la letra apretada y vertical que había aprendido en el colegio de niñas donde su madre la mandó a los ocho años porque la elegancia era una disciplina y la disciplina empezaba con la caligrafía.Número de identificación del recluso.Nombre de la visitante.Relación con el interno.Madre.La sala de visitas olía igual que siempre olían los lugares donde se guarda a la gente que ha
Último capítulo